Dom. Nov 30th, 2025

Kodak fue un símbolo cultural, no solo una compañía, durante la mayor parte del siglo XX. Acompañó a generaciones completas, capturando hechos históricos y familiares, y dejó huella en millones de hogares. Cada carrete, cada caja amarilla y cada cámara producida por la empresa simbolizaban la fuerza de la fotografía como instrumento que conectaba a los individuos con sus memorias. Kodak era un símbolo de emoción, sencillez y confianza. Nada parecía poner en peligro su reinado, y pocos habrían pensado que el gigante que durante décadas tuvo el control del mercado mundial se convertiría en uno de los fracasos más mencionados en términos empresariales. Lo más asombroso no es que Kodak fracasara, sino que su caída se debió a la falta de apuesta por una tecnología que había creado: la fotografía digital.

Kodak Tower | Accidentally Wes Anderson

Para comprender la magnitud de esta caída, primero es necesario examinar el enorme poder que tenía la compañía. Kodak, desde comienzos del siglo XX, edificó un imperio a partir de un modelo de negocio ideal: vender cámaras a precios relativamente bajos para después obtener grandes ganancias del uso constante de papel fotográfico, químicos y carretes. La riqueza real no se encontraba en el aparato que tomaba la fotografía, sino en los insumos requeridos para revelar la imagen. Este modelo, similar al de las cuchillas y las máquinas de afeitar, transformó a Kodak en una máquina generadora de dinero. Dominaba más del 80% de la actividad comercial mundial de carretes y cerca del 90% en papel revelado durante las décadas de los setenta y los ochenta. Era casi un monopolio natural, lo que le otorgó una autoridad económico sin precedentes.

No obstante, ese gran triunfo ocultaba un peligro. La compañía había construido una estructura gigantesca en torno a un solo producto: la fotografía analógica. Miles de trabajadores, fábricas productivas, cadenas de distribución, inversiones multimillonarias y tácticas comerciales estaban centradas en la venta de carretes y procedimientos químicos. Era tan así que a sus directores les parecía imposible que todo ese negocio pudiera desaparecer. Kodak existía en una burbuja de estabilidad y éxito que le dificultaría reaccionar ante los cambios del mundo.

Lo más irónico y trágico de esta historia es que Kodak no pasó por alto la revolución digital; al contrario, fue la empresa que la inició. En 1975, Steven Sasson, un ingeniero que trabajaba en la misma compañía, creó la primera cámara digital de la historia. Aunque era aparatosa, de calidad mínima y tardaba cerca de un minuto en procesar cada imagen, funcionaba. Era el comienzo de un mundo distinto. Sasson se sentía orgulloso de su invención y la mostró con entusiasmo a los altos mandos de la compañía. La respuesta de la dirección fue una combinación de miedo e indiferencia. Lo único que notaban al observar el prototipo era una amenaza directa a su negocio multimillonario de revelado y de carretes. La respuesta más precisa, según la narración de Sasson años después, fue: «Es muy interesante, pero no se lo cuentes a nadie.»

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Ese instante se ha vuelto uno de los más grandes íconos del temor empresarial a la interrupción. Kodak tenía el futuro en sus manos y eligió guardarlo en un cajón. La compañía incurrió en el error típico de una empresa dominante: creyó que su modelo de negocio no se vería amenazado porque el mercado nunca cambiaría lo suficiente. Pero la tecnología no solicita autorización. La revolución digital seguía avanzando sin descanso mientras Kodak se esforzaba por salvaguardar su imperio químico. El consumidor deseaba simplicidad, comodidad e inmediatez. Sin requerir carretes ni procedimientos de revelado, la fotografía digital brindaba todo eso. Kodak tuvo la oportunidad de encabezar esa transición, pero decidió no hacerlo porque no estaba dispuesta a sacrificarse.

La compañía continuó invirtiendo en tecnología digital durante las siguientes décadas, aunque lo hizo con una actitud ambivalente y sin convicción. Sí, fabricaba cámaras digitales, pero continuaba obsesionada con la protección de la fotografía analógica. Buscaba combinar los dos mundos y no se arriesgaba a invertir fuertemente en lo digital para no perjudicar su negocio más lucrativo. Este juego doble fue mortal. Kodak se mantenía vinculada al pasado, creyendo que el cambio sería gradual y que la gente continuaría adquiriendo carretes por muchos años más, a pesar de que empresas como Nikon, Canon y Sony avanzaban decididamente hacia el futuro digital.

No fue un problema tecnológico lo que se presentó, sino uno de carácter estratégico. Kodak contaba con ingenieros de alta calidad, las mejores patentes digitales a nivel mundial y la capacidad económica para encabezar la nueva era de la fotografía. Sin embargo, su liderazgo se negaba a aceptar que el modelo que los había convertido en multimillonarios estaba destinado al fracaso. El «monstruo de los carretes» era demasiado grande y cada decisión se tomaba con miedo a disminuir las ganancias del área que mantenía a la empresa entera. Esta incapacidad de renovarse desde dentro se denomina «el dilema del innovador», un concepto que Kodak ejemplifica a la perfección: la compañía, siendo exitosa, tiene tanto miedo de perder sus beneficios actuales que no se atreve a invertir en el futuro por completo, incluso cuando este ha sido creado por ella misma.

Los usuarios empezaron a usar las cámaras digitales de manera masiva a finales de la década de 1990. Ya no era necesario aguardar días para observar las fotografías ni abonar por el revelado. El procedimiento era instantáneo y económico. Kodak comenzó a experimentar presión, pero aún mantenía la esperanza de que el negocio analógico subsistiría. Su perspectiva continuaba siendo la protección de las ventas de carretes, incluso cuando presentó modelos digitales. Pensando que la gente continuaría deseando imprimir sus fotos, trató de vender kioscos para revelado digital e impresoras para uso doméstico. Sin embargo, la nueva generación ya no se enfocaba en imprimir; su objetivo era almacenar, editar y compartir. La fotografía había adoptado un nuevo carácter, y esta cultura visual no se adecuaba a la naturaleza de Kodak.

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La llegada de los teléfonos celulares con cámara fue el último empujón. Esta mejora hizo que la fotografía digital se convirtiera en una parte de la vida cotidiana, incorporada a un aparato que las personas portaban consigo continuamente. Las cámaras compactas digitales comenzaron a decaer y, con ellas, numerosas compañías de fotografía. Sin embargo, Kodak fue la que más sufrió. Había llegado tarde y con una estructura económica que no encajaba con la nueva realidad, además de carecer de un modelo sólido. La compañía se declaró en quiebra en 2012, lo cual fue un triste desenlace para el que había sido el emperador de la fotografía a nivel global. Su marca no se extingió completamente, pero dejó de ser importante. Pasó de ser una empresa líder en la industria a ser recordada como un caso de estudio acerca de lo que sucede cuando una compañía no se adapta a tiempo.

Lo más relevante de esta historia no es el fracaso como tal, sino las enseñanzas que brinda. Kodak murió de éxito. Su posición dominante, sus ingresos elevados y su liderazgo indiscutible la hicieron arrogante y temerosa a los cambios. No se dio cuenta de que la tecnología digital no era una amenaza momentánea, sino un cambio irreversible. Tampoco comprendió que el auténtico liderazgo empresarial supone saber desmantelar lo que está funcionando ahora para edificar lo que funcionará en el futuro. Kodak contaba con la capacidad, los recursos y el conocimiento necesarios para dominar el siglo XXI; sin embargo, no fue capaz de renunciar a sus beneficios actuales. Lo que en su momento se consideró una decisión sensata resultó ser un error mortal.

Kodak es una advertencia evidente para los empresarios e inversores de hoy: no hay ninguna compañía que esté a salvo, sin importar su tamaño. La innovación no tiene límites y la comodidad puede ser el adversario más peligroso. Las empresas que no se transforman a tiempo quedan rezagadas, aunque hayan sido ellas las responsables de crear el futuro.

Kodak todavía existe hoy, aunque es solo una sombra de lo que solía ser. Ha tratado de renovarse en múltiples ocasiones, incursionando en mercados diversos como el de la manufactura de productos químicos, la impresión digital, la producción de pantallas e incluso el blockchain. Sin embargo, ninguna de estas tácticas ha conseguido que vuelva a ser grande. No obstante, su legado sí sigue vivo: es un recordatorio perpetuo de que el secreto del éxito no radica en tener una buena idea, sino en poder adaptarse a los cambios que dicha idea provoca.

Vintage Camera Reviews: Kodak Autographic · Lomography

La historia de Kodak prueba algo sencillo pero profundo: el futuro no es indulgente con aquellos que lo desatienden. La empresa Kodak, que creó la cámara digital pero eligió no invertir en ella, es el ejemplo más emblemático de empresas que han fracasado por carecer de visión, aunque hay muchas otras. Indudablemente, es uno de los ejemplos más contundentes para instruir a cualquier empresario, inversor o gerente que apegarse al pasado puede acarrear pérdidas futuras. Kodak estaba en condiciones de liderar el cambio tecnológico que revolucionó la forma de capturar imágenes, pero decidió ignorar este proceso. Y ahí está la enseñanza más importante: no existe un triunfo tan grande que pueda resistir a la falta de adaptación.

por Cristo

2 comentario en “Kodak y el error de no apostar por lo digital”

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